jueves, 28 de mayo de 2009

Mi casa vieja


La casa en la que nací era enorme, con una huerta inmensa, patio, abrevadero, una fuente/chorro que caía desde el río que la atravesaba, una terraza gigantesca con un dosel de parras y una cuadra con un caballo y una vaca que, a veces, paría terneros. La parte de abajo era una almazara y en toda ella viví una infancia absolutamente feliz y mágica. Olía a retama, a manzanas, al pan tierno que mi abuela amasaba en el horno de la recocina y a melocotones. Había montones de flores e innumerables árboles frutales. Justo en un hueco que había entre un guindo garrafal y una higuera de higos negros, vi una vez un gnomo de barba larga y gorrito rojo.
Ahora está deshabitada y me gustaría comprarla, pero no me la venden. Seguro que están esperando a que vuelvan las vacas gordas de la construcción y la venderán para solar, derruyéndola y enterrando entre sus escombros un trocito de mi infancia y el pedacito de corazón que dejé enterrado bajo el peral de San Cristobal.

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